#NochesSegurasParaTodas: Identificando violencias sexuales

#NochesSegurasParaTodas: Identificando violencias sexuales

En el primero de los artículos enmarcados dentro del Proyecto Noches Seguras Para Todas, os queremos acercar a las formas de la violencia sexual que se dan en ocio nocturno que hemos recogido en nuestro estudio. Haremos un repaso de las definiciones «oficiales» y de las percepciones de nuestras participantes.

La violencia sexual es una de las manifestaciones de violencia contra las mujeres (Declaración sobre la eliminación de la violencia contra la mujer, ONU, 1994) que se enmarcan y mantienen dentro del sistema patriarcal. Un sistema donde la violencia sexual es una herramienta más de control por parte de los hombres que genera intimidación y miedo a las mujeres. Este instrumento de dominación puede adquirir diversas formas y no siempre éstas son identificadas como violencias debido a la normalización de las mismas.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) define la violencia sexual como “todo acto sexual, la tentativa de consumar un acto sexual, los comentarios o insinuaciones sexuales no deseados, o las acciones para comercializar o utilizar de cualquier otro modo la sexualidad de una persona mediante coacción por otra persona, independientemente de la relación de esta con la víctima, en cualquier ámbito, incluidos el hogar y el lugar de trabajo”.

La violación, la agresión sexual y el abuso sexual tienen diferentes definiciones legales/penales, que muchas veces ejercen como marcador social de los actos. En general, todas son formas de violencia en las que existe un contacto sexual sin consentimiento, la diferencia estriba en las delimitaciones/diferencias que hace cada legislación a las razones de esa falta de consentimiento: existencia o no de intimidación o coerción, existencia o no de violencia física, capacidades de la víctima en el momento de la agresión, edad, contexto de la agresión, etc. Esta caracterización punitiva unida a la socialización de género y de las violencias, hace que algunas violencias sexuales pasen al imaginario social como intolerables (como la violación, el abuso a menores, la agresión en determinados espacios públicos), mientras otras se atenúan o naturalizan (por el consumo de sustancias, el horario y lugar de la agresión, la vestimenta de la víctima, la edad, si ocurre en el ámbito privado, etc.), trasladando en muchos de estos casos la culpa a la víctima.

Los estereotipos que rodean a las relaciones de género y sexuales marcan las percepciones que se tienen de las mismas. En nuestro trabajo de campo hemos podido conocer de la boca de mujeres y hombres jóvenes lo que consideran que es violencia sexual o no, dentro de situaciones vividas en ocio nocturno.  Hemos observado, además, que existen diferencias en esta identificación de violencias, entre mujeres que se reconocen como feministas y las que no, existiendo diferencias en la interpretación y abordaje de las violencias.

Además del tema de la concienciación, las experiencias y percepciones sobre la violencia sexual no son las mismas en todas las mujeres. Por eso, hemos intentado abordar esta diversidad en nuestro estudio teniendo en cuenta variables como el nivel formativo, el lugar y hábitat de residencia y la racialización. Esta última, muy importante en el abordaje de la violencia sexual ya que, según los estudios, las mujeres afrodescendientes y latinas son hipersexualizadas y estereotipadas sexualmente bajo la idea de ´mujeres calientes` sufriendo en mayor medida este tipo de violencia. Trataremos este tema en otro artículo, ya que merece una especial atención la variable cuerpo y las diferentes percepciones que se viven desde la diversidad de mujeres.

Fuente Feminicidio.net

Según las mujeres concienciadas/feministas participantes en nuestra investigación, las violencias sexuales conforman todo “un rango de situaciones enormes”  que incluye, “miradas, gestos, comentarios y acciones, pegar, tocamientos de pelo, tocar culos, meter mano, agarrar la coleta, ponerse pesado, quedarse pegado todo el rato, agarrar y tirar de ti, llevarse a la chica borracha, querer meterte en el coche, besarte cuando estás a punto de vomitar, amenazas, etc.”. Identifican claramente la insistencia como acoso sexual y un “acto de cacería” por parte de los hombres y no como forma de ligar como el patriarcado categoriza, y no consideran la gravedad del acto por el uso de fuerza física sino por el orden simbólico que está detrás.

Sin embargo, las mujeres “no concienciadas” entienden esta insistencia como normal dentro de las relaciones heterosexuales en los contextos de ocio nocturno (“el mundo de la noche es así”). Identifican las violencias sexuales en el rango de intimidación, violencia explícita y uso de la fuerza física. No creen haber sufrido acoso al referirse a miradas, comentarios y tocamientos de carácter sexual, considerándolas inherentes al ambiente nocturno, además.

Esto responde claramente a la construcción patriarcal de un imaginario sobre la violencia sexual que entiende que ésta se da unida únicamente a un acto agresivo es decir, mediante el uso de la fuerza física, se impone a la persona una conducta sexual en contra de su voluntad. Imaginario también existente en nuestro sistema judicial, que diferencia entre agresión y abuso sólo por ese uso de violencia explícita, y en el imaginario social de las mujeres y hombres, que tampoco ven violencia sexual sin esa característica de “violencia”.

La violencia simbólica opera aquí normalizando e incluso naturalizando estas violencias “sútiles”. Mujeres y hombres aprenden en el sistema patriarcal que las violencias sexuales son actitudes propias en los juegos de seducción romántica de los sujetos activos-hombres hacia los sujetos pasivos-mujeres, lo cual la convierte en una violencia amortiguada, insensible e invisible para sus propias víctimas, las mujeres. La seducción arraigada en la cultura patriarcal está marcada por la oposición binaria de lo masculino y lo femenino lo cual implica, no sólo la existencia de roles seductivos diferentes, sino también una puesta en juego desigual, donde las mujeres aprendemos que ciertas actitudes de los hombres son tolerables, en tanto en cuanto, responden a los roles de género en un marco de relaciones heterosexuales y heteronormativas.

Por todo esto, no debemos olvidar incluir a los varones en estos estudios, ya que tendemos a enfatizar repetidamente las experiencias de las mujeres, pero dejamos en segundo plano el análisis y la crítica hacia los varones perpetradores de estas violencias. Es crucial poner la mirada en la socialización de los hombres, en la construcción de la masculinidad hegemónica y en cómo esto se traduce en relaciones de poder y violencia sobre las mujeres en la cotidianidad de su ocio nocturno.

Como hemos visto, son diferentes las definiciones y percepciones que se tienen de la violencia sexual. Pero todas parten, de la socialización patriarcal de las mismas, presente en las instituciones y en la sociedad. No debemos normalizar ningún tipo de violencia, y menos las sexuales, ya que todas responden a roles de género aprendidos. Debemos seguir analizando y mostrando las violencias que sufrimos día a día las mujeres, para sensibilizar y concienciar. Y ese es uno de los objetivos de nuestro estudio con la violencia sexual sufrida por las mujeres jóvenes en el ocio nocturno.